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De qué se trata

En principio, recibimos currículums vitae de todo aquel que quiera enviarnos el suyo y verlo publicado acá. Puede subir tantas versiones como quiera. Más adelante lo vamos a molestar con otra cosa, como pedirles que nos manden una foto cuerpo entero o un video-cv.
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sábado, 3 de septiembre de 2016

Presentación en sociedad de los llamados RdI

(Me dieron ganas de compartir en este blog este texto que es algo así como un aguafuerte...)

 Nuestras sociedades contemporáneas han asistido, con innegable orgullo, al nacimiento de una profesión u oficio impensable para la mayoría de las sociedades antiguas. A este oficio se dirige en especial la juventud, salida recientemente de los barrotes del secundario, que se amontona en la puerta de ciertas empresas para solicitar su primer trabajo. El azoramiento, el rubor y la extrema energía que acompañan a esta búsqueda del primer trabajo son indispensables para emprender la nueva tarea, que llena de orgullo a los conciudadanos posmodernos. Se trata nada más y nada menos que del honorable oficio de Recibidor de Insultos (en adelante RdI) ¿Quiénes lo realizan y qué características tiene tal oficio? El presente artículo tratará de develar dicho misterio.
 Ya dijimos que los púberes recién escupidos del secundario son los candidatos preferidos para realizar tan ardua labor. Sus hormonas a flor de piel, tacto, roce o alusión mínima, su sensibilidad todavía extremada debido al viaje no transitado por el trabajo neuronal desde el hipotálamo hasta la corteza cerebral (sede del razonamiento más propiamente adulto), los predisponen a emprender su trabajo con la dedicación de un soldado que al pie de la trinchera defiende a sus compañeros heridos del embiste enemigo. Lo que seguramente estos congéneres jóvenes de la raza humana tal vez no imaginan es que aquellos “compañeros heridos” que defienden con cuerpo y alma son enriquecidos dueños de multinacionales, y los “enemigos enfurecidos”, no son otros que los clientes de tales multinacionales que reclaman por una falencia, olvido, demora o mejora en el servicio que pagaron sin más por adelantado, para que el herido ricachón pueda fumar sus habanos preferidos en alguna isla del Caribe o del Mediterráneo.
 El enemigo a combatir es entonces el cliente enfurecido que busca una cara visible de la empresa que, en cambio, reviste todas las cualidades de un fantasma: una sucesión interminable de RdI de distintas categorías cuyo número parece ascender al infinito. Los de más baja categoría son, por supuesto, los más accesibles para los clientes. Ni los RdI de más alta categoría  parecen  tener la  más remota idea de cómo solucionar un problema sencillo, que podría resumirse en la siguiente máxima o sentencia, esbozada así por un cliente: “cómo nos devuelven lo que nos cobran de más o “cómo nos devuelven la plata que su sistema operativo, consciente o inconscientemente, nos cobró de más”. Una respuesta unilateral es que dichos sistemas operativos son entidades de voluntad autónoma que suelen hacer cosas porque sí, como restar, restar y no sumar cuando de clientes se trata, y sumar, sumar y no restar cuando se trata del empresario que toma sol en las Bahamas.
 La empresa fantasma, para ser tal, debe proveerse de un escudo humano de RdI de distintos tipos y jerarquías. Los RdI de menor jerarquía, pobres púberes que deben pagar derecho de piso, son los que atienden las consultas telefónicas de los clientes. Hay, por supuesto, clientes de distinta jerarquía (léase jerarquía como directamente proporcional al consumo mensual que realizan) que son atendidos por RdI acordes, preparados específicamente para responder a ciertas demandas y a otras no, dependiendo de la jerarquía del cliente reclamante. Pero antes de poder hablar telefónicamente con estos RdI de primera instancia, hay una instancia previa, o filtro previo, que podríamos denominar la instancia del ringtone chillón. El enemigo es filtrado en primer lugar por el cansancio: debe tolerar durante varios minutos el ringtone chillón en sus tímpanos mientras espera que su llamado sea atendido. Luego deben tolerar el ringtone cuando la llamada se transfiere a otro sector (siempre se transfiere a otro sector), luego cuando el RdI telefónico (RdI T) debe consultar el sistema para responder a nuestra consulta (en teoría el sonido del teclado es menos soportable que el ringtone), luego cuando la llamada debe ser nuevamente transferida, luego cuando el operador está pensando qué respuesta dejará conforme al cliente, luego cuando debe consultar otra vez el sistema para dejar asentado que el “enemigo enfurecido” llamó para preguntar tal y tal cosa. El ringtone chillón funciona entonces como primera trinchera cuyo fin es lograr que el enemigo llegue a la siguiente conclusión: “unos pesos más, unos pesos menos, no vale la pena quedarme escuchando este ringtone del orto”.
  Otra instancia, que también figura entre las preRdI o RdI-1, es la demora creciente en la atención del llamado, que puede lograr que el enemigo se rinda incluso antes de dar pelea.
  La segunda instancia depende propiamente del RdI de turno. Su saludo estereotipado, ya pautado por la empresa que lo contrata, nos da la pista de su limitado conocimiento o limitado poder de acción para resolver cualquier tipo de demanda por parte del cliente. En otras palabras, si ni siquiera tiene la libertad de elegir su saludo de bienvenida o de partida ¿qué libertad puede tener de resolver cualquier problema que requiera, al menos, la potestad de cambiar humanamente algo que el sistema hizo automáticamente o a gusto e piacere?  Digámoslo de una vez: NINGUNAA. Entonces, su función en la empresa, su razón de ser, aflora sin mediaciones: recoge los insultos, retiene el nudo en la garganta, llora tal vez en su casa, o al cortar el teléfono, los digiere como puede y los excreta. No sea cosa que alguno de esos insultos llegue por error a una “Carta de Lectores” impresa en algún diario y el empresario los lea mientras está tostando su musculatura al sol y se atragante con el lemon champ.
  La instancia telefónica opera como filtro o instancia previa a los RdI cara a cara (RdI c2) que trabajan en grupos de más de 40 personas aglutinados en un local cuya función más evidente es la de tamizar aquella imagen de empresa “fantasma” que tanto temen los dueños de multinacionales, porque implica la orfandad de sus clientes débito-automatizados. Un porcentaje menor de los clientes que pasaron por las instancias anteriores sin sufrir menoscabos en su voluntad de hacer escuchar su queja llegan a este RdI que opera cara a cara. Una contradicción aparente se presenta ante el cliente que busca un RdI humanamente visible: tras escuchar la consulta concreta los RdI c2  pueden derivar al cliente a un RdI T. Una vez más, primero hay que pasar por la instancia del contestador que otra vez intenta desviar al cliente de la charla con el RdI T ¡Haberlo sabido antes y me quedaba en casa y llamaba cómodamente desde mi sillón! La contradicción es aparente puesto que lo que se intenta es hacer funcionar otra vez los primeros filtros, ya que es sabido que los insultos se toleran más a distancia, o alejando un poco el tubo o los auriculares de los oídos para reducir el impacto de los mismos en los sistemas nerviosos de los RdI T.
 El oficio del RdI humanamente visible es solo accesorio, ya que su principal tarea es atender y captar a los nuevos clientes. Los viejos clientes pertenecen al pasado y la fuerza de la costumbre garantiza su conservación como tales. Es decir, las promociones y descuentos nunca deberían llegar a ellos. La idea es que los viejos quejosos no lleguen con sus quejas a los locales habilitados para captar a los nuevos clientes, para los cuales todo es eficiente y sin fisuras. Uno que otro saltea los filtros y es necesario contenerlo. En estos establecimientos hay RdI de todas los tipos que se pasan la pelota mutuamente para evitar que estalle en el piso. El cliente se va mareado, con su queja asentada en el sistema bajo un rótulo que nadie revisa, perdida en un mar de bits que suele colgarse y fallar cuando menos se lo espera, con la correspondiente perdida de datos como reclamos bajo rótulos que nunca vuelven a abrirse.

 En conclusión, el RdI c2 o “palpable”, como algunos prefieren llamarlo, posee las mismas respuestas automatizadas que la voz grabada en el contestador que avisa, por ejemplo, que ningún Representante puede atender tu llamado en este momento, o que da una serie de opciones para resolver de forma mecánica e inmediata algo que a nadie le genera un problema realizar por los medios tradicionales. En otras palabras ¡hasta el contestador tiene más libertad de acción sobre el sistema que cualquier RdI!

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